Automatización
y represión
Por qué un modelo económico predice que el capital termina prefiriendo la fuerza antes que el impuesto
Lectura íntegra del artículo, traducida a lenguaje no matemático. · nber.org/papers/w35336
Lectura íntegra del artículo, traducida a lenguaje no matemático. · nber.org/papers/w35336
«¿Qué veo yo en nuestro futuro? Veo horcas… O un levantamiento.»
Nick Hanauer, capitalista de riesgo, 2014«…y así van a ver un mundo donde, lamentablemente, va a haber mucho control, mucha vigilancia, mucho cumplimiento forzado.»
Mo Gawdat, ex director de negocios de X, 2025En 2025, cien millonarios firmaron una carta abierta a Davos titulada, literalmente, «son impuestos u horcas». Los tres autores toman en serio ese dilema y hacen algo que nadie había hecho: lo escriben como modelo económico y lo resuelven. La respuesta que sale no es ninguna de las dos.
Comprar la paz social con redistribución cuesta más a medida que se automatiza: si los salarios caen, hay que transferir más para que al trabajador le siga conviniendo no rebelarse. Comprar la paz social con represión cuesta más o menos lo mismo se automatice poco o mucho. Son dos estructuras de costo distintas: una variable y creciente, otra fija. Con suficiente automatización, la fija gana.
Si la sociedad parte siendo una democracia, llega un punto en que a los dueños del capital les sale más barato derrocarla que pagar sus impuestos.
No porque aparezca un demagogo. Por aritmética.
Daron Acemoglu (MIT, Nobel de Economía 2024) — el mismo del podcast que viene siguiéndolos desde la Semana 3.
A. Arda Gitmez (Bilkent, Turquía).
Mehdi Shadmehr (UNC Chapel Hill, política pública).
NBER Working Paper 35336, junio de 2026. Códigos JEL J23, O33, P10, P16.
No está publicado en revista ni tiene revisión de pares. El propio NBER lo advierte en la portada.
Es un modelo formal: un conjunto de supuestos y lo que se sigue de ellos. No es una predicción sobre Chile ni sobre EE.UU. en 2030.
Los autores lo dicen: «damos un primer paso» y falta «evidencia empírica sistemática».
Hasta ahora había modelos de automatización sin política, y modelos de revoluciones sin tecnología. Este es, según los autores, el primero que junta los dos. Ese es su aporte, y también su fragilidad: no hay literatura previa contra la cual contrastarlo.
Analogía: es como una construcción dogmática en derecho. De unas premisas normativas se sigue una consecuencia. Que la consecuencia sea válida no significa que las premisas describan bien el caso concreto. La discusión seria está en las premisas.
Tres actores, una decisión tecnológica y una amenaza. Nada más. La potencia del argumento viene justamente de lo poco que necesita.
Son dueños del capital y viven de su rendimiento. Cada uno decide por separado cuánto automatizar, mirando sólo su costo. Ninguno se pregunta qué pasa con el país.
Aportan trabajo y viven del salario. Su única arma política es rebelarse. Si la revuelta triunfa, el capital se expropia para siempre y los capitalistas quedan en cero.
Un Estado cuyo objetivo, por supuesto del modelo, es maximizar lo que ganan los dueños del capital. Tiene tres instrumentos: regular la automatización, redistribuir y reprimir.
«Estado capitalista» no es una conclusión del paper ni una acusación. Es un supuesto de trabajo, una hipótesis: supongamos un Estado que sirve al capital; ¿qué haría? Que un Estado real sea así queda fuera del modelo. Pero fíjense en lo que viene: incluso un Estado así, con un solo instrumento, termina protegiendo salarios.
La producción es un conjunto de tareas. Cada tarea puede hacerla una persona o una máquina, indistintamente.
«Automatizar» significa: esta tarea ahora la hace capital. Nada más.
Consecuencia mecánica: cada tarea automatizada baja la participación del trabajo en el ingreso nacional y sube la del capital.
La misma torta, repartida distinto. Ese reparto es toda la política del modelo.
Cada trabajador decide en el mismo instante y sin hablar con los demás si sale a la calle. La revuelta triunfa sólo si sale una fracción suficiente.
Nadie sabe cuán fuerte es el régimen. Cada uno recibe una señal borrosa —su lectura personal de si «esto va a prender»— y actúa sobre esa lectura.
Los economistas llaman a esto un global game. Su virtud técnica es que produce una única predicción en vez de la respuesta inútil «depende de lo que crea cada uno».
Si salgo y pierdo: pierdo el salario y los servicios públicos que recibía.
Si salgo y gano: me reparto el capital expropiado.
La probabilidad de que el régimen sobreviva depende de una sola cosa: la razón entre el ingreso del capital y el del trabajo. Más desigualdad entre ambos, más probable la revuelta.
Automatizar baja el salario.
Y el salario es exactamente lo que el trabajador pone en juego cuando sale a la calle. Si vale menos, rebelarse sale más barato.
Automatizar sube el retorno del capital.
Y el capital es exactamente el botín que se reparte si la revuelta triunfa. Si vale más, rebelarse paga más.
Los dos efectos apuntan en la misma dirección. No hay compensación posible dentro de la economía: la salida tiene que ser política. Ese es el momento en que el modelo deja de ser economía y empieza a ser teoría del Estado.
Tres hallazgos, y ninguno es el que uno esperaría. El mercado automatiza de más; un Estado del capital termina defendiendo salarios; y la represión gana por contabilidad, no por ideología.
Cada empresa automatiza mirando su costo. Ninguna descuenta el riesgo político que su decisión agrega al conjunto.
Es una externalidad — y, además, una externalidad política. La empresa se queda con la ganancia; el riesgo de revuelta lo paga toda la clase propietaria.
Como todo problema de acción colectiva, se resuelve con una autoridad central que obligue a lo que a nadie le conviene hacer solo. En el modelo, esa autoridad es el Estado capitalista.
La primera función del Estado en este modelo no es proteger a los trabajadores.
Es proteger a los capitalistas de sí mismos: impedir que compitiendo entre ellos se automatice hasta provocar la revuelta que los liquida a todos.
Isabel I le negó la patente a William Lee y su máquina de tejer: «considerad qué haría vuestro invento a mis pobres súbditos». Vespasiano premió a un ingeniero y prohibió usar su invento: «dejadme alimentar a mi pueblo».
Lo contraintuitivo: el nivel de mercado no es el que quieren los capitalistas. Ellos quieren más. Y con represión quieren todavía más que eso — porque el costo de reprimir se paga sobre el producto y automatizar más lo diluye.
Si el instrumento disponible determina el resultado, ¿qué pasa si el derecho simplemente elimina uno de los instrumentos?
El paper muestra que un Estado del capital sin poder represivo protege salarios por puro cálculo. Guarden esta lámina: vuelve en la Parte III.
| Redistribuir | Reprimir | |
|---|---|---|
| Cómo funciona | El Estado cobra impuestos y entrega bienes públicos. El trabajador pierde ese beneficio si se rebela, así que le conviene quedarse quieto. | El Estado paga ejército, policía y vigilancia, y con eso lleva la probabilidad de revuelta exitosa a casi cero. |
| Qué cuesta | Costo variable y creciente. Cuanto más se automatiza, más hay que transferir para compensar la caída del salario. | Costo fijo, una fracción del producto. Cuesta parecido con poca o con mucha automatización. |
| Cuánta automatización permite | Poca. Automatizar de más se vuelve carísimo en transferencias. | Mucha. Y como el costo se diluye en un producto mayor, empuja a automatizar todavía más. |
| A dónde tiende | La tasa de impuestos sube y sube. En el límite, el Estado se queda con la mitad del ingreso sólo para comprar la paz. | La automatización llega al tope: todas las tareas al capital, y los trabajadores contenidos por la fuerza. |
| Riesgo residual | Nunca desaparece. Siempre queda una probabilidad de revuelta. | Muy baja, pero tampoco es cero — el modelo lo deja explícito a propósito. |
Nótese que el Estado no combina las dos: si reprime, redistribuir no aporta nada. La decisión es binaria.
«Cruce único» quiere decir algo fuerte: una vez que la economía pasa el umbral, nunca vuelve a la zona en que redistribuir convenía. El modelo no tiene marcha atrás mientras siga acumulando capital.
Dos cosas son complementarias cuando cada una hace más valiosa a la otra. Como el café y el azúcar.
Más automatización hace más atractiva la represión, porque encarece la alternativa redistributiva.
Más represión hace más atractiva la automatización, porque libera al Estado de tener que moderarla.
Y como el capital acumulado empuja la automatización, acumular capital empuja también hacia la represión. Los tres se refuerzan.
«Las horcas serán recibidas con fusiles por parte del Estado capitalista.»
Acemoglu, Gitmez & Shadmehr (2026), sección 1Todo esto vale salvo que la amenaza de revuelta sea muy débil. Si nadie se va a rebelar nunca, basta con una redistribución barata y no hace falta reprimir. La conclusión dura del paper necesita que la gente sí sea capaz de rebelarse.
La fila del medio es la que debiera inquietar. La sociedad no siente que esté cambiando de régimen: sigue haciendo lo que venía haciendo —redistribuir— hasta que un día el cálculo se da vuelta. El umbral no está señalizado.
La pregunta de la semana es quién debe gobernar la IA. Este paper la reformula: antes que quién, importa con qué instrumentos — porque el instrumento disponible determina el resultado. Y la sección 8, de página y media, dice qué pasa si la sociedad parte siendo una democracia.
El montaje: la sociedad empieza como democracia. Los trabajadores son mayoría, así que fijan el impuesto lo más alto que la Constitución y la capacidad fiscal permitan.
La cuenta del capital: ¿me sale más caro pagar ese impuesto todos los años, o pagar de una vez el costo de derrocar la democracia y montar un régimen represivo?
El resultado: a medida que el capital se acumula, el costo del golpe se vuelve proporcionalmente menor. El umbral que lo desencadena baja con cada año de acumulación.
La democracia sobrevive si es fiscalmente débil.
Una democracia que no logra cobrar impuestos altos no le resulta cara a nadie, y por eso nadie la derriba. Una democracia con capacidad tributaria real cruza antes el umbral del golpe.
Es decir: en este modelo, la capacidad fiscal es a la vez la virtud de la democracia y su factor de riesgo.
El golpe aquí no requiere polarización, ni demagogo, ni erosión discursiva, ni desinformación. Requiere una hoja de cálculo.
La tecnología no sólo reemplaza: también crea tareas nuevas que requieren personas. Es exactamente la receta que Acemoglu defiende en el podcast que ustedes vienen escuchando desde la Semana 3: orientar la IA en dirección proworker.
Los autores meten esa posibilidad dentro del modelo y la resuelven.
El mismo autor que sostiene que la dirección de la IA es una elección política acaba de firmar un modelo donde elegir bien esa dirección no evita el desenlace.
¿Es una contradicción, o es un argumento de que la política tecnológica sola no basta y hace falta política institucional? Si es lo segundo, es un argumento a favor de todo lo que discutimos esta semana. Contrástenlo con la crítica de The Economist a Acemoglu (Semana 5) y con su respuesta.
Es el único lugar donde el paper toca explícitamente la vigilancia, y lo hace para decir que su propia conclusión es conservadora: el modelo subestima la deriva represiva porque supone que reprimir cuesta mañana lo mismo que hoy. Para esta semana, la consecuencia es concreta: regular la vigilancia no es sólo una política de privacidad — es una política de mantención del costo de reprimir. Vuelvan sobre esto en la Semana 9.
No hay datos. Cero contrastación empírica propia. Los autores cierran pidiendo, ellos mismos, que alguien la haga.
Los casos históricos son ilustraciones, no pruebas. Y son ambiguos: ante protestas mineras, México reprimió y Estados Unidos compensó. Brasil hizo las dos cosas.
El Estado capitalista es un supuesto. Si el Estado responde también a votantes, jueces o burocracias con intereses propios, la conclusión no se sigue sin más.
La revuelta es todo o nada: o no pasa nada, o se expropia todo el capital para siempre. Huelgas, litigio, elecciones y reforma no existen.
No hay derecho en el modelo. No hay tribunales, ni derechos fundamentales, ni control de constitucionalidad, ni federalismo, ni prensa.
«Reprimir» es un solo número. No distingue entre estado de excepción, vigilancia masiva y disparar a la multitud. Y no hay lobby ni captura regulatoria — los autores lo reconocen como el paso siguiente.
Cómo usar esto: ninguna de estas grietas «refuta» el paper. Cada una es una hipótesis sobre qué habría que agregarle al modelo para que la democracia sobreviva. Esa es exactamente la actividad de la próxima lámina.
En el modelo, sólo tres cantidades deciden si hay golpe: lo que cuesta reprimir, cuánto puede cobrar de impuestos la democracia y cuán capaz es la gente de coordinarse para rebelarse. Cada grupo toma una institución jurídica y responde tres preguntas.
Control civil de las fuerzas armadas y policiales, y responsabilidad penal individual por órdenes ilícitas.
Límites legales a la vigilancia: protección de datos, prohibición de reconocimiento facial masivo, control de exportación de tecnología.
Derecho de reunión, huelga y asociación sindical, y su protección constitucional efectiva.
1. ¿Esta institución encarece reprimir, cambia lo que la democracia puede cobrar, o altera la capacidad de coordinación? 2. ¿En qué dirección mueve el umbral del golpe? 3. Si el modelo tiene razón, ¿cuál de las tres sería la primera que un capital acumulado querría desmontar — y se parece eso a algo que estemos viendo?
Lo que salga de aquí entra directo a la simulación de la semana: ninguna de estas tres instituciones aparece en las propuestas de gobernanza que vamos a negociar —ni en el esquema tipo FINRA de Hassabis, ni en la RAISE Act, ni en el boletín chileno— y este modelo sugiere que podrían importar más que todas ellas.
Las democracias mueren por dentro y despacio.
Un líder electo erosiona normas informales, captura árbitros, cambia las reglas. El proceso es discursivo y gradual, y por eso se puede resistir con normas, partidos y opinión pública.
Las democracias mueren por aritmética.
Un grupo con recursos crecientes llega a un punto en que le sale más barato quebrarla que financiarla. El proceso es material y silencioso, y no se resiste con discurso sino cambiando los costos.
IA y Democracia 2026 · Minor en Inteligencia Artificial · Escuela de Gobierno, Universidad Adolfo Ibáñez · naimbro.github.io/ia-democracia-2026