MGT300 · Sociedad, Cultura y Política · Ingeniería Comercial UAI

Guía de lectura concentrada

Clase 2 — La autoexplotación del individuo en el capitalismo tardío · Martes 11 de agosto de 2026

Dos textos, veinte minutos, en silencio. Describen el mismo fenómeno desde lados opuestos. Han explica cómo funciona por dentro: la exigencia dejó de venir de un jefe y pasó a venir de uno mismo. Ehrenreich muestra el lado de afuera: quién instaló esa idea en las empresas, quién la vendió y a quién le convino.

1 · El enemigo eres tú

Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (2010). Alemania.8 min

«El mito de Prometeo puede reinterpretarse considerándolo una escena del aparato psíquico del sujeto de rendimiento contemporáneo, que se violenta a sí mismo, que está en guerra consigo mismo. En realidad, el sujeto de rendimiento, que se cree en libertad, se halla tan encadenado como Prometeo. El águila que devora su hígado en constante crecimiento es su álter ego, con el cual está en guerra. Así visto, la relación de Prometeo y el águila es una relación consigo mismo, una relación de autoexplotación. El dolor del hígado, que en sí es indoloro, es el cansancio.»

«La sociedad disciplinaria de Foucault, que consta de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas, ya no se corresponde con la sociedad de hoy en día. En su lugar se ha establecido desde hace tiempo otra completamente diferente, a saber: una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos. […] Tampoco sus habitantes se llaman ya “sujetos de obediencia”, sino “sujetos de rendimiento”. Estos sujetos son emprendedores de sí mismos.»

«La sociedad disciplinaria es una sociedad de la negatividad. La define la negatividad de la prohibición. […] La sociedad de rendimiento se caracteriza por el verbo modal positivo poder sin límites. Su plural afirmativo y colectivo “Yes, we can” expresa precisamente su carácter de positividad. Los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley. A la sociedad disciplinaria todavía la rige el no. Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados.»

«El sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo. […] La supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad; más bien hace que libertad y coacción coincidan. […] El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse.»

«La sociedad de trabajo y rendimiento no es ninguna sociedad libre. Produce nuevas obligaciones. La dialéctica del amo y el esclavo no conduce finalmente a aquella sociedad en la que todo aquel que sea apto para el ocio es un ser libre, sino más bien a una sociedad de trabajo, en la que el amo mismo se ha convertido en esclavo del trabajo. En esta sociedad de obligación, cada cual lleva consigo su campo de trabajos forzados. Y lo particular de este último consiste en que allí se es prisionero y celador, víctima y verdugo, a la vez. Así, uno se explota a sí mismo, haciendo posible la explotación sin dominio

Sobre la depresión, Han discute con el sociólogo Alain Ehrenberg, para quien «el deprimido no está a la altura, está cansado del esfuerzo de devenir él mismo». Han responde: «Ehrenberg […] pasa por alto asimismo la violencia sistémica inherente a la sociedad de rendimiento, que da origen a infartos psíquicos. Lo que provoca la depresión por agotamiento no es el imperativo de pertenecer solo a sí mismo, sino la presión por el rendimiento». Y agrega: «La depresión […] se desata en el momento en el que el sujeto de rendimiento ya no puede poder más. […] El lamento del individuo depresivo, “Nada es posible”, solamente puede manifestarse dentro de una sociedad que cree que “Nada es imposible”».

«Hay dos formas de potencia. La positiva es la potencia de hacer algo. La negativa es, sin embargo, la potencia del no hacer, en términos de Nietzsche, de decir No. […] Si solo se poseyera la potencia de hacer algo, pero ninguna potencia de no hacer, entonces se caería en una hiperactividad mortal. […] Es una ilusión pensar que cuanto más activo uno se vuelva, más libre se es.»

Observa. Han afirma que la violencia es sistémica, pero en todas estas páginas no nombra a un solo actor: ninguna empresa, ningún gerente, ningún consultor. La coacción existe sin emisor y la explotación ocurre «sin dominio». El segundo texto es un reportaje sobre exactamente las personas y las empresas que faltan en este cuadro.

2 · Alguien vende el látigo

Barbara Ehrenreich, Smile or Die (2009), cap. 4, «Motivar a los negocios y el negocio de motivar». Estados Unidos. Traducción del profesor.12 min

«En manos de los empleadores, el pensamiento positivo se transformó en algo que sus proponentes del siglo XIX probablemente nunca imaginaron: no una exhortación a levantarse y ponerse en marcha, sino un medio de control social en el lugar de trabajo, un acicate para rendir a niveles cada vez más altos. […] Con la “motivación” como látigo, el pensamiento positivo se volvió el sello del empleado dócil; y a medida que las condiciones del empleo corporativo empeoraron en la era de los despidos masivos iniciada en los años ochenta, la mano sobre el látigo se hizo más pesada.»

Un consultor de gestión observaba en 2006 que «los empleadores estadounidenses gastan 100 mil millones de dólares al año en incentivos como poleras, salidas a jugar golf y viajes gratis a Florida, en la creencia de que de algún modo motivan e inspiran a sus empleados».

Los despidos

«Entonces, en los años ochenta, llegó el paroxismo de los despidos masivos, y la naturaleza misma de la corporación quedó en duda. En lo que comenzó casi como una moda y maduró rápidamente hasta volverse un hábito inquebrantable, las empresas estaban “reestructurando”, “reingenierizando” y en general recortando tantos puestos como fuera posible, tanto administrativos como obreros. Entre 1980 y 1985, el CEO de General Electric, Jack Welch, se ganó el apodo de “Jack Neutrón” al despedir a 112.000 empleados y anunciar su intención de eliminar cada año al 10% de peor desempeño. Pronto los accionistas de todo el mundo corporativo exigían “reducciones de dotación” constantes como forma de subir el precio de la acción, al menos en el corto plazo.»

«¿Fortalecían o debilitaban los despidos a la corporación? Un estudio de mediados de los noventa de la American Management Association no encontró ningún impacto positivo sobre la productividad. Pero daba casi lo mismo, porque los despidos claramente elevaban el precio de la acción, al menos en el corto plazo.»

Ehrenreich sigue el cambio de doctrina a través de las declaraciones de la Business Roundtable: «En 1990, este organismo que representa a las grandes corporaciones estadounidenses declaraba que “las corporaciones existen para servir tanto a sus accionistas como a la sociedad en su conjunto”, incluidos actores como los empleados, los clientes, los proveedores y las comunidades. En 1997, sin embargo, la Roundtable negó explícitamente cualquier responsabilidad hacia actores distintos de los accionistas, señalando que “la noción de que el directorio debe de algún modo equilibrar los intereses de otros grupos de interés malinterpreta fundamentalmente el rol de los directores”.»

«Entre 1981 y 2003, alrededor de treinta millones de trabajadores estadounidenses a tiempo completo perdieron su empleo en reestructuraciones corporativas. Las instituciones estadounidenses —corporativas y estatales— tenían poco de valor concreto que ofrecer a las víctimas de esta dislocación social masiva. El seguro de cesantía se agota por lo general a los seis meses; el seguro de salud termina junto con el empleo.» Quienes volvieron a encontrar trabajo lo hicieron, en promedio, por un sueldo 17% menor al anterior.

«Los despidos masivos no aumentaron, por cierto, el número de vendedores, pero sí aumentaron el número de personas a las que se alentó a pensarse como vendedores. En el nuevo y peligroso lugar de trabajo corporativo, se animaba a todos a emprender un esfuerzo de venta continuo, vendiéndose a sí mismos. […] Uno podía aspirar a moverse “libremente” solo si trabajaba y pulía sin descanso lo que Tom Peters llamó “la marca llamada tú”. Ya no debías pensarte como un “empleado”: eras “una marca que grita distinción, compromiso y pasión”.»

Los métodos

«Cuando el sociólogo Robin Leidner pasó por el entrenamiento de ventas de una empresa llamada Combined Insurance en 1987, encontró un “énfasis en enseñar las actitudes correctas y las técnicas de venta, y una relativa falta de atención a enseñarles a los agentes sobre seguros de vida”. El primer día de clases empezó con los aprendices de pie coreando “¡ME SIENTO SANO, ME SIENTO FELIZ, ME SIENTO FANTÁSTICO!” mientras lanzaban “el puñetazo ganador”.»

En Amway: «En los seminarios, que los vendedores pagan de su bolsillo para asistir, aprenden que “Dios es Positivo y el Diablo es Negativo”. Como explica un exvendedor: “Cualquier influencia que debilite tu creencia y tu compromiso con el negocio es Negativa… Negarse a comprar una cinta cuando la recomienda tu línea superior es Negativo”.»

«El clásico de la propaganda del downsizing fue ¿Quién se ha llevado mi queso?, que ha vendido diez millones de ejemplares, en no poca medida gracias a las empresas que lo compraron al por mayor para sus empleados. […] Lección para las víctimas de los despidos: hay que superar las peligrosas tendencias humanas a “sobreanalizar” y a quejarse, en favor de un enfoque de la vida más propio de un roedor. Cuando pierdes el trabajo, cállate y corre hacia el siguiente.»

No siempre resultó. «A mediados de los noventa, mientras se deshacía del 20% de su plantilla, NYNEX puso en marcha un programa llamado “Winning Ways” —formas de ganar—, destinado a inculcar en los empleados “la mentalidad de un ganador”; los empleados lo rebautizaron con sorna “Whining Ways”: formas de lloriquear.»

Administrar la desesperación

«Las empresas emplearon una variedad de eufemismos de sonido positivo para los despidos, describiéndolos como “liberaciones de recursos” u “oportunidades de cambio de carrera”, pero el proceso real era rápido y brutal. […] Los despidos debían anunciarse de golpe y todos a la vez, para que no hubiera tiempo de que las quejas de las víctimas contagiaran a los trabajadores sobrevivientes. Por lo general era el personal de seguridad de la empresa el que administraba el proceso concreto de retirar a la gente.»

El caso de Primalde Lodhia, un MBA nacido en India, científico de la computación e ingeniero mecánico, despedido en 1991 sin más explicación que «estamos muy contentos con tu trabajo, pero tenemos que dejarte ir; no encajas en nuestra gerencia». En la casa de acogida motivacional del outplacement, a Lodhia se le aconsejó no hablar con nadie de su despido durante un mes. Obedeció, y después le dijo al Times: «Fue un buen consejo. Estaba tan amargado que habría dicho cosas que me habrían perjudicado».

«La industria de la motivación no podía reparar esta nueva realidad. Todo lo que podía hacer era ofrecerse a cambiar el modo en que uno la pensaba, insistiendo en que la reestructuración corporativa era un “cambio” excitante y progresivo que había que abrazar, que la pérdida del empleo era una oportunidad de transformación personal, que del tumulto emergería una nueva camada de “ganadores”. Y esto es exactamente lo que las corporaciones le estaban pagando a la industria de la motivación por hacer.»

«AT&T mandó a su personal de San Francisco a un multitudinario evento motivacional llamado “Éxito 1994” el mismo día en que la empresa anunció que despediría a quince mil trabajadores en los dos años siguientes. Según reportó Richard Reeves en Time, el mensaje del orador estelar —el frenético motivador cristiano Zig Ziglar— fue: “Es culpa tuya; no culpes al sistema; no culpes al jefe: trabaja más duro y reza más”.»

Y un profesor de periodismo, Ralph Whitehead, resumiéndolo: «Los reestructuradores corporativos despiden a una de cada tres personas y después cuelgan afiches inspiradores en los pasillos para tapar las heridas psíquicas».

«Podrías sumarte a un movimiento social que buscara crear una red de protección adecuada o conseguir políticas corporativas más humanas, pero esos esfuerzos podrían tomar toda una vida. Por ahora, lo único que puedes cambiar es tu percepción de la realidad: de negativa y amarga a positiva y aceptante. Este fue el gran regalo del mundo corporativo a sus empleados despedidos y a los sobrevivientes sobrecargados de trabajo: el pensamiento positivo.»

El capítulo cierra así: «En términos generales, la fuerza de trabajo administrativa estadounidense se tragó el cuento y aceptó el pensamiento positivo como sustituto de la prosperidad y la seguridad que había tenido. No salieron a la calle, no cambiaron masivamente de lealtad política, no llegaron al trabajo con armas automáticas en la mano. […] Puede que tuvieran cada vez menos poder para trazar su propio futuro, pero se les había entregado una visión del mundo —un sistema de creencias, casi una religión— que sostenía que eran, de hecho, infinitamente poderosos, con tal de que lograran dominar su propia mente.»

Observa. Dos coincidencias de vocabulario entre los textos, que ninguno de los dos autores señala porque no se leyeron. Han dice que el sujeto contemporáneo es un emprendedor de sí mismo; Ehrenreich reporta empresas enseñándole a sus empleados a ser la marca llamada tú. Y lo que Han llama potencia negativa —la capacidad de decir No, para él la condición misma de la libertad— es exactamente lo que en Amway y en Combined Insurance se llama negatividad: un defecto de carácter, y causal de despido.

Para situar esto acá. En Chile, en 2025, los trastornos mentales y del comportamiento fueron la primera causa de licencia médica: 30,9% del total, por sobre los trastornos musculoesqueléticos (17,5%) y las enfermedades respiratorias (14,3%). Entre enero y agosto de ese año se emitieron más de un millón de licencias por salud mental a mujeres y 507 mil a hombres. En paralelo, la jornada legal semanal bajó de 45 a 44 horas en abril de 2024 y a 42 horas en abril de 2026, camino a 40 en 2028.

Fuentes: Superintendencia de Seguridad Social (SUSESO) y Ley 21.561.